Encontrando el sentido de la vida a 10 km de distancia.

Dicen que meditar es la forma moderna de decirle a tus pensamientos


"¡Cállate, y deja de joder!"


Pero en serio, ¿quién es capaz de hacer algo así cuando tu cerebro es como un grupo de WhatsApp de padres de escuela: ruidoso, caótico y siempre opinando cosas de las que no tiene ni la menor idea. Yo soy incapaz, no puedo ni por un segundo.


Primero porque la meditación y yo no somos compatibles. Ella pide silencio, y yo, en cuanto cierro los ojos, ya estoy debatiendo conmigo mismo si las tostadas con mantequilla caen del lado equivocado porque en realidad son como los influencers, siempre hacen un drama innecesario. Para mí, meditar, es como intentar montar un mueble de IKEA sin las instrucciones. Es confuso, frustrante, y al final termino llorando en el suelo preguntándome si todo esto valía la pena. Pero aún así, la sociedad insiste en ello:


"Medita. Encuentra tu paz interior".


Como si fuera tan fácil. Mi cerebro no entiende de paz interior. Mi cerebro entiende de hacer listas infinitas de chistes que al final no entiendo (tengo que mejorar mi caligrafía). Mi cerebro entiende de imaginar que gano la lotería, y tengo que resolver dilemas profundos como si invertir en bienes raíces o finalmente construir ese resort exclusivo para perros con spa. Entiende de crear escenarios donde, con 100 millones de dólares, aún me preocupo si el café del aeropuerto está caro o si debo dejar propina al cajero automático.


A estas altura, he aprendido a aceptar que mi mente es como un hámster hiperactivo, que se acaba de tomar 5 litros de Redbull. Y para compensar, hago lo diametralmente opuesto a lo que me gustaría. Salgo a correr como si estuviera entrenando para un remake de Forrest Gump. Bueno, más bien un spin-off, porque en mi versión no hay inspiración, solo una lucha constante por no morir ahogado mientras reflexiono si en realidad no debería haberme quedado en el sofá viendo Netflix.


Créeme que lo he intentado todo: clases de yoga, clases de yoga con cabras, y hasta clases de yoga con cabras haciendo el pino puente mientras te miran como si supieran que tú pagaste por esto y ellas no. Y es que aquí en Los Ángeles, hacer el ridículo sobre un mat de yoga es prácticamente un estilo de vida. Especialmente si lo haces con unos leggings de 300 dólares que son tan “sostenibles” que probablemente sobrevivirán a la próxima extinción masiva, aunque tu dignidad no.


Y no es solo yoga. Aquí puedes encontrar yoga con perros, yoga con cerveza, yoga con cristales energéticos…(yoga con Llamas, porque yo y mi Llama, pues llama se llama vamos a la clínica dental…esta broma es solamente para los muy cafeteros)


Básicamente, si algo puede ir en una frase junto a la palabra ‘yoga’, aquí en Los Angeles hay alguien que está cobrando 80 dólares por clase. Pero lo peor no es eso, lo peor es que te lo venden como si fuera una experiencia espiritual única:


“Conecta con tu cuerpo y tu alma mientras una cabra te pisa la espalda.”


Si hubiera querido que un animal me pisoteara, me hubiera quedado a vivir en la granja de mis tíos en Zarza La Mayor, en lugar de pagar estas ridiculeces.


Y es así querido lector como hemos llegado al día de hoy. Mientras crees que me he desviado del punto original —y probablemente estás leyendo esto más confundido que un vegano en un asador rodizio, en realidad no he hecho más que darte un paseo backstage del fascinante circo que es mi cerebro. Bienvenido, ya no hay salida.


Hoy, 27 de Enero, he decidido hacer bueno mi propósito de año nuevo, porque técnicamente puedes decir “¡Feliz Año!” hasta el 15 de febrero sin parecer un alienígena social. Así que decidí activar mi propósito de “summer body”. No porque el gimnasio sea hobby, sino porque correr es mi forma particular de meditar. Nada dice paz interior como estar sin aliento, sudando como si te persiguiera un oso y reflexionando sobre por qué mierdas creí que era buena idea intentar 10 kilómetros.


Sí, correr. Pero quiero que entiendas querido lector, que odio correr casi tanto como odio cuando el camarero llega justo cuando tienes la boca llena y te pregunta si todo está bien. Correr es ese tipo de actividad que no disfruto ni con música, ni podcasts, ni la promesa de una pizza al final del trayecto. Para mí, correr es como asistir a una reunión familiar: lo haces porque deberías, pero cada segundo te preguntas por qué no fingiste que estabas ocupado. Lo peor es que mientras corro, no puedo dejar de odiar todo a mi alrededor: el clima, el camino, la gravedad, mis propias piernas que parecen quejarse más que yo. Si odio correr es porque es una constante lucha interna entre mi cuerpo queriendo parar y mi cerebro diciendo: Si Forrest Gump pudo cruzar todo un país, tú puedes llegar al siguiente poste, creo.


Pero hoy, lo que comenzó como una simple escapada para evitar otra crisis existencial terminó llevándome a algo mucho más profundo. Algo que no esperaba. Mientras trotaba por la playa, con mi cerebro distraído intentado mantenerme vivo y recordándome que respirar es buena idea, y mientras escuchaba un episodio glorioso del podcast recomendado por mi amigo Chris, Disgreland, ocurrió algo que cambió todo: encontré a Jesús.


Irónicamente, el episodio que estaba escuchando era sobre Jesus Christ, pero no el de los evangelios, sino el cantante punk Jesus Christ Allin a.k.a GG Allin, un cantante del moviendo punk underground de finales de los 70.


Mientras levitaba por el asfalto de las playas angelinas, escuchando este episodio, no pude evitar pensar que el punk rock y yo tenemos mucho en común: ambos somos ruidosos, desorganizados y un poco difíciles de entender para la mayoría de las personas. Y justo en ese momento ¡Zas!: encontré a Jesús por primera vez. No en el sentido espiritual ni como una revelación divina, no.


Encontré a Jesús de forma literal.


Una figurita de Jesus sonriendo como si supiera algo que yo no sé.


¿Qué hacía ahí? ¿Cómo llegó?


No tengo ni idea, pero te aseguro que ha sido uno de los momentos más irónicos de mi vida.


Wait, Jesus también sale a correr para meditar?


Pero si quieres saber cómo este pequeño "encuentro celestial" encaja con mis intentos fallidos para meditar, ser mejor persona, o descubrir el sentido de la vida, déjame decirte que es un proceso complicado. Especialmente cuando ser menos annoying está en la lista, algo que mi querida J —mi brújula moral y crítica más feroz— se encarga de recordarme con la precisión de un despertador que nunca apaga, con la consistencia de un reloj suizo, como si estuviera programado por los mismos ingenieros que diseñaron los anuncios de YouTube: constantes, inevitables. J es una maestra en decir la verdad sin anestesia, es su forma cariñosa de decir:


“Te amo, pero por favor, baja dos rayitas o te tengo que matar”,


cosa que ya ha intentado, repetidas veces, en serio.


Modalidad 1. J insiste en llevarme a clases de yoga, con la esperanza de que, entre el silencio absoluto y la tortura de intentar tocarme los tobillos (spoiler: no puedo), finalmente me calle. Y si eso no funciona, confía en que alguna postura imposible, como el "guerrero invertido mientras respiras en otro plano astral", me deje tan confundido que no tenga energía ni para hablar después. En realidad, su sueño es que me quede atrapado en el shavasana, y decida no volver a levantarme nunca.


Si alguna vez escuchas un grito ahogado en una clase de yoga, probablemente sea yo intentando no dislocarme algo que ni sabia que formaba parte de mi cuerpo humano, mientras ella disfruta de su momentito de paz.


Modalidad 2. Cada mañana le hago café mientras J se prepara para salir a conquistar el mundo, pero los fines de semana ella me lo trae "amablemente" a la cama... hirviendo. Y cuando digo hirviendo, quiero decir que el café podría ser usado para soldar metales, me refiero a que comparado con eso, el Vesubio en plena erupción parece un spa termal. Dice que es accidental, pero después de la tercera quemadura de tercer grado, estoy empezando a sospechar. Siempre me dice ¡ups, se me pasó!" mientras yo intento decidir si debo beberlo o usarlo para fundir un anillo del Señor de los Anillos.


Modalidad 3. J se esconde en la oscuridad para asustarme como si estuviera entrenando para un casting de Actividad Paranormal 12. Su técnica es tan precisa que no sé si reírme o llamar a un cardiólogo. Su esperanza, por supuesto, es que el susto me calle... o que directamente me dé un paro cardíaco y el silencio sea eterno.


Pero te prometo que esta historia no termina como imaginas. Y si crees que mi habilidad para meditar es mala, espera a escuchar cómo se desmoronaron mis intentos de "encontrarme a mí mismo" mientras Jesús me miraba fijamente desde la arena.


Y así, mis 9 kilómetros de reflexión… me encontré de nuevo con Jesus. Estaba tirado en la arena, con esa sonrisa inmutable de quien sabe que está ahí para un propósito mayor. Alguien, por razones que prefiero no cuestionar, había dejado una figurita de Jesús en medio de la playa. De esas que parecen sacadas de un altar improvisado en la guantera de un taxi. Y ahí estaba yo, sudado, exhausto, y mirándolo como si hubiera encontrado un billete de 50 dólares en la lavadora.


Encontrar a Jesús en la playa es como encontrar aguacate maduro en el supermercado. Raro, pero cuando pasa, te cambia el día. Pero encontrate a Jesus dos veces? Te tiene que cambiar la vida.


Y por un momento, lo vi como una señal: como cuando te llega el Wi-Fi gratis en medio de la nada. Totalmente inesperado, pero sabes que lo tienes que aprovechar. O como escuchar tu canción favorita en el radio. No lo planeaste, pero ahí está, como un regalo del universo.


Quizás esta era su manera de decirme que ser annoying no es un problema, sino mi superpoder.

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